La palabra 0

Hace tiempo ideé un blog, Sensicopatías, cuyo nombre vislumbré con la ayuda de M., esa amiga que desde entonces se convirtió en madre y en cada vez más ocasional receptora de mis palabras. En este he recuperado, en modo gerundio, aquel título: porque la -pathīa es a un tiempo “sentimiento” y “dolencia”, este blog no podía llamarse de otra manera. Porque sentir duele, pero no podría entender la vida sin la pasión del sentimiento.

Han pasado cinco años desde entonces, y algunas de las iniciales que en ese momento poblaban mis textos se han desvanecido en el río con desembocadura incierta que es la vida. Muchas otras han llegado para mostrarme nuevos colores y matices, y otras tantas continúan siendo mi ancla y el amarre que tantas veces preciso. De mí misma, de mis cambios y permanencias, y de todos aquellos que me han acompañado en la aventura, siempre fatigante, que supone ser una misma, nace y renace este blog. Una criatura que se moverá entre la literatura y la realidad sin dar nunca pistas de hacia dónde se decanta (como muestra de indecisión de gallega de pura cepa y porque al final, a una le resulta terriblemente doloroso desnudar el alma). Este blog no existiría sin L. y las baterías gastadas a golpe de conversaciones interminables entre Tánger y Santiago. Pero tampoco podría entenderse sin K., la niña de la melena salvaje con quien he vadeado naufragios sentimentales. Ni sin S., que llegó a mi vida después del primer Sensicopatías y sin quien ninguna palabra tendría ya sentido. De todas estas voces, y de las que están por llegar o ya se han ido, este blog tiene un pedazo.

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